Juan Giménez (1943-2020)

El historietista mendocino falleció el 2 de abril a los 76 años.

Juan se bajó de la moto

Con Juan, un mendocino que no vivió nunca en Buenos Aires, nos conocimos a fines de los ochenta en España. Tal vez me equivoque, pero creo que fue en Sitges, la playa cercana a Barcelona en la que se había instalado como pionero Horacio Altuna a principios de la década, y por la que pasaron varios de los amigos dibujantes que nos tocó tratar y admirar. Juan había vivido antes en Madrid –tal vez fue ahí que lo vi–, pero fueron vecinos con Horacio durante más de treinta años, si no me acuerdo mal. De todas maneras, él iba y venía en moto de un lado a otro, kilómetros y kilómetros con Silvia, su mujer, pegadita a sus espaldas. Un loco de las dos ruedas, Juan. Y de las máquinas en general: era lo que más le gustaba dibujar.

Precisamente comenzamos a admirar su pericia cuando hizo War III con los guiones del inagotable Ricardo Barreiro, obra maestra. Hacían una dupla rara con Ricardo: Juan era metódico y ordenado, casi maníaco; el querido Loco, un petardo. Y funcionaban –como las máquinas y las armas extrañas que inventaban- y se querían.

Cuando en la vieja Fierro -al poco tiempo de salir, a mediados de los ochenta-, hicimos un concurso, los jóvenes lectores lo votaron como mejor dibujante. Y ahí había pesos pesados como Muñoz, Mandrafina, Enrique Breccia, el mismo Horacio… Es que la ciencia ficción pegaba fuerte entonces y él ganaba ahí, era el mejor en ese registro. Lo jodíamos con que dibujaba siempre armas, aviones, gente con casco y guantes, que le rajaba a la dificultad de las orejas o las manos… Se reía, Juan: tenía un humor lindísimo, una risa abierta y contagiosa. Y dibujaba, y crecía, y nos hacía callar: un narrador excepcional.

Y un día el famoso Alejandro Jodorovsky -chileno universal, gurú internacional- lo eligió para ilustrar historias del tipo de las que hasta entonces había dibujado Moebius, el modelo absoluto; ahí Juan pasó a jugar lo que se dice en Primera y en colores. Y no se bajó más. Sin embargo, si nos dieran a elegir, muchos nos quedaríamos con el blanco limpito de Basura, que hizo con Carlos Trillo –la línea pura y minuciosa parece Alejandro Sirio, cita, juega, mete por ahí al muñeco de Michelín…-, o con alguna extraordinaria reversión de Ernie Pike que Oesterheld hubiera mandado a la tapa de Hora Cero. Seguro.

Dos más, que me acuerdo ahora. La primera vez que fui a Madrid, me llevó en moto al departamento del recluido y admirado Juan Carlos Onetti, circunstancias de una memorable humillación que he contado alguna vez. Y en ese mismo viaje vimos, en el cine, el estreno de Silverado, el western de Kasdam, con protagonistas en banda. Y lo disfrutamos, coincidíamos en el género. Tendría que fecharlo, eso.

La otra y para terminar –tengo un dibujo que me regaló entonces– fue en Sitges. Una noche, el siglo pasado (se dice así, increíblemente), me explicó qué era un fax… y cómo lo usaba para mandar los bocetos de sus tremendas ilustraciones para Heavy Metal, la revista yanqui. Me acuerdo de cómo me deslumbró la magia de la transmisión de imágenes, el ruidito de la máquina, la sonrisa entre orgullosa y cachadora de Juan. Un pibe con un juguete nuevo. Grande.

Nuestro amigo Juan Giménez se acaba de bajar de la moto.

                                                                                                                            Juan Sasturain


Máquinas, trajes, armas, ciudades, humanos, climas de peligro y de tensión… Los imaginarios tecnológicos que el dibujante Juan Giménez desarrolló en sus historietas –creaciones compartidas con guionistas como Ricardo Barreiro, Carlos Trillo y Alejandro Jodorowsky, entre otros– llevaban cada detalle a tal grado de perfección que dejaban al lector sin aliento. Relatos de género fantástico y ciencia ficción –la machine fiction, de la que se hizo cultor–. donde desarrollaba un realismo extremo en el marco de universos imposibles.

Giménez nació en la provincia de Mendoza el 26 de noviembre de 1943 y desde chico se fascinó con los aviones (y las máquinas en general) así como por el dibujo. Empezó a practicar imitando historietas y portadas de libros españoles y siguió con la representación de las secuencias de las películas que le gustaban, incluso reproduciéndolas en plastilina. Estudió Diseño Industrial en la Facultad de Artes y Diseño de la UNCuyo y, años más tarde, se perfeccionó en la Universidad de Barcelona. Trabajó, a la vez, en varias agencias argentinas de publicidad.

Todo eso fue parte de su bagaje narrativo.

Entre sus trabajos están: “As de Pique”; “Estrella Negra”; “Cuestión de tiempo”; “Basura”; “El cuarto poder”; “Ciudad” y “La casta de los Metabarones”.  Publicó en revistas nacionales como Fierro y Skorpio y en europeas como Metal Hurlant. Expuso tanto en el Espacio Cultural de Arte de su provincia como en el Centro Georges Pompidou.

A lo largo de su trayectoria laboral obtuvo gran cantidad de premios. Desde el Yellow Kid al mejor dibujante extranjero otorgado por el Salón Internacional del Cómic de Lucca, Italia (1990) y el Bulle D'Or en Francia (1994), hasta la declaración de Ciudadano Ilustre de Mendoza (2014) y un homenaje en la 16 edición del festival de historietas rosarino Crack Bang Boom. Y, sobre todo, tuvo el reconocimiento de lectores y colegas.

A finales de los años setenta Giménez se mudó a Europa, donde realizó buena parte de su obra. Vivía en España y de allí viajó, recientemente, hacia su Mendoza natal. Con síntomas de coronavirus, y luego de varios días de internación, falleció ayer, a los 76 años.



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